Roger Waters y el álbum que cambió la historia de Pink Floyd
Cuando Roger Waters dejó Pink Floyd en 1985, estaba convencido de que la historia de la banda había llegado a su final. Sin embargo, David Gilmour y Nick Mason decidieron continuar bajo el mismo nombre y comenzaron a trabajar en un nuevo álbum. El resultado fue “A Momentary Lapse of Reason”, publicado en 1987, un proyecto que tomó por sorpresa a Waters y que terminó profundizando la fractura entre los integrantes. Para Roger Waters, que Pink Floyd siguiera adelante sin él no fue simplemente una diferencia creativa: lo interpretó como una traición.
Roger Waters convirtió su ruptura con Pink Floyd en una batalla

La situación fue especialmente complicada porque Waters había sido una de las principales fuerzas creativas de Pink Floyd durante sus últimos años. Después de su salida, Gilmour y Mason decidieron mantener activo el proyecto y recurrieron al productor Bob Ezrin, quien anteriormente había trabajado con Waters en “The Wall”. La participación de Ezrin sorprendió todavía más al bajista, quien recordó que el productor había cuestionado duramente las nuevas canciones antes de involucrarse en el proyecto. El episodio terminó alimentando la desconfianza de Waters hacia quienes estaban reconstruyendo Pink Floyd sin su participación.
“A Momentary Lapse of Reason” apareció en septiembre de 1987 y significó el regreso de Pink Floyd después de cuatro años sin un nuevo álbum de estudio. Aunque Waters ya no formaba parte del grupo, el disco conservó el nombre que había ayudado a convertir en uno de los más importantes del rock. Para él, aquello representaba algo mucho más profundo que una continuación musical. Waters había anunciado su salida convencido de que la banda ya no tenía futuro como grupo creativo y no esperaba que sus antiguos compañeros decidieran continuar sin él.

La respuesta de Roger Waters no se quedó únicamente en las declaraciones. El músico inició una disputa legal para impedir que Gilmour y Mason siguieran utilizando el nombre Pink Floyd. El enfrentamiento se convirtió en una batalla pública y jurídica que se extendió durante años, mientras la banda continuaba grabando y realizando presentaciones. La discusión no solo enfrentaba dos posturas sobre un nombre: también reflejaba dos maneras completamente distintas de entender quién representaba la identidad y el legado de Pink Floyd después de la salida de uno de sus principales compositores.
Mientras Roger Waters cuestionaba la continuidad de Pink Floyd, “A Momentary Lapse of Reason” consiguió que Gilmour y Mason demostraran que la banda todavía tenía un futuro comercial. El álbum fue seguido por una extensa gira y permitió que el grupo mantuviera una presencia importante durante la segunda mitad de los años 80. Para Waters, ese éxito no eliminó la sensación de haber sido desplazado del proyecto que había ayudado a construir. La tensión entre él y Gilmour se mantuvo durante décadas, convirtiéndose en uno de los conflictos más conocidos dentro de la historia del rock.
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La historia tuvo un momento de tregua en 2005, cuando Waters, Gilmour, Mason y Richard Wright volvieron a compartir escenario durante Live 8. Sin embargo, aquella reunión no significó una reconciliación permanente entre Waters y Gilmour. La relación entre ambos continuó marcada por diferencias personales y creativas. Con el paso de los años, el episodio de “A Momentary Lapse of Reason” quedó como uno de los capítulos centrales de la separación de Pink Floyd. Para Roger Waters, el problema nunca fue solamente que la banda continuara, sino quién tenía derecho a decidir qué significaba Pink Floyd.
La disputa alrededor de “A Momentary Lapse of Reason” terminó convirtiéndose en una parte inseparable de la historia de Pink Floyd. El álbum demostró que la banda podía continuar sin Roger Waters, mientras que Waters siguió construyendo una carrera solista y defendiendo su propia visión artística. Más de tres décadas después, aquel enfrentamiento sigue siendo recordado cada vez que se habla de la complicada relación entre sus antiguos integrantes. Para Roger Waters, aquel disco representó una ruptura difícil de aceptar; para Pink Floyd, significó el comienzo de una nueva etapa que mantuvo vivo el nombre del grupo durante varios años.